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Archive for 30 abril 2008

Vivencias de Luna

Ayer la Luna se me escapó, quiere echarse un kiki que su desesperación me trae loca, porque donde vive mi amigo pasan muchos coches y la pueden pillar. Ayer después de estar buscándola durante más de media hora por lo menos, llegué a pensar lo peor y esa sensación fue horrible, nunca antes la había sentido.
Hoy no le he quitado el ojo de encima. Si ella entendiera que si pudiera seguir pariendo yo la dejaba, ya ves un perrito más, encantada, pero no puede ser ya es muy mayor. Aunque la menopausia aun no le ha llegado, toy ya de sus braguitas y salva-slip.
Pues nada me llegó la injodida tó feliz con el rabo moviéndolo, (espero que no hiciera nada) pero sintiéndolo mucho le tuve que dar varios azotes muy fuertes, nunca antes lo había hecho, pero el susto tan grande que me lleve, ¿es qué ella no piensa que le puede pasar algo por ahí sola, que un perro indecente le puede hacer daño, qué su dueña la está buscado?no ella no, ella a contonearse solita por la calle, jajaja. Ahora me rio pero no vea la noche que me dio.
Si ya es duro cuidar a una perra no digo ná lo que tiene que ser, ser madre, porque nadie es perfecto. Pero muchas veces nos quejamos de nuestras madres olvidándonos de que nos quieren proteger (aunque la mía a veces no me lo demuestre). Espero que haya aprendido, aunque lo de ayer me hace cuestionarme que tal vez no sirva de nada, porque yo aprendí? ni a base de palos, y esas marcas se quedan grabadas en el coco.
 
La semana que viene me voy a comprar una piragüa, me he propuesto varias cosas para este año y entre ellas hacer ejercicio físico y mental, haber si encuentro la forma de canalizar mi energía, porque como ustedes entenderéis no se puede estar tó el día fornic…… ay que ver ¿qué ejemplo le estaré dando a mi perra y más ahora que ella puede?P1010958P1010959P1010964 

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Haruki MurakaMM

Voy a pegar un texto que leí el otro día, es una historia de una novela de Haruki Murakam, ni idea. Yo no conocía a este escritor, la verdad que este relato me tuvo todo el tiempo concentrada y me gustó su forma de expresarse.
Haber si cuando cobre me compro libros de él, creo que me van a gustar.
Había una mujer que de vez en cuando se quedaba a dormir en mi apartamento. Luego desayunábamos juntos, y ella se iba al trabajo. Tampoco ella tiene nombre, pero sólo porque no es un personaje de esta historia. Aparece brevemente y desaparece enseguida. Por eso no le pongo nombre, para no liar las cosas. Pero que nadie piense que me la tomo a la ligera. La apreciaba mucho, y la sigo apreciando ahora que ya no está.
Eramos amigos, por así decirlo. Era, al menos, la única persona con la que podía decir que me unía cierta amistad. Tenía un novio formal, que no era yo. Trabajaba en una compañía de teléfonos, preparando las facturas con el ordenador. Ni yo le pregunté sobre su trabajo ni ella me contó demasiado, pero creo que era eso. Calcular el montante de las facturas telefónicas de otras personas, preparar los recibos, algo por el estilo. Por eso todos los meses, al ver en el buzón el recibo del teléfono, me daba la impresión de estar recibiendo una carta personal.
Además se acostaba conmigo. Dos o tres veces al mes, más o menos. Pensaba que yo había caído de la luna o de algún lugar semejante.
“¿Aún no te has vuelto a la luna?”, me pregunta entre risas. Estamos en la cama, desnudos, nuestros cuerpos muy juntos, sus pechos contra mi costado. Así pasamos muchas noches, charlando hasta el amanecer. El ruido de la autopista no cesa ni un momento. En la radio suena monótona una canción de los Human League. Human League. ¡Qué nombre tan absurdo! ¿Por qué usarán un nombre tan sin sentido? Antes la gente era mucho más moderada a la hora de ponerle nombre a un grupo. Imperials, Supremes, Flamingos, Falcons, Impressions, Doors, Four Seasons, Beach Boys.
Ella ríe cuando me oye decir estas cosas. Y luego dice que soy un tipo raro, distinto. En qué soy distinto, eso es algo que desconozco. Yo creo que soy una persona tremendamente normal con una forma de pensar tremendamente normal. Human League.
“Me gusta estar contigo”, me dice. “A veces me vienen unas ganas tremendas de estar contigo. En el trabajo, por ejemplo.”
“Aha.”
“A veces”, dice ella marcando las palabras. Y luego deja pasar unos treinta segundos. La canción de los Human League ha terminado, y ahora suena algo de un grupo que no conozco. “Ese es tu problema”, continúa.
“Me encanta estar así los dos juntos, pero no se me ocurriría pasar todo el día contigo, de la mañana a la noche. ¿Por qué será?”
“Ni idea.”
“No es que esté incómoda contigo. Es sólo que, cuando estamos juntos, a veces me da la impresión de que el aire se vuelve increíblemente liviano. Como si estuviéramos en la luna.”
“Este es un pequeño paso para el hombre…”
“No estoy bromeando”, me contesta incorporándose en la cama y mirándome de frente. “Lo digo por tu bien. ¿Hay alguna otra persona que te diga estas cosas? ¿Qué me dices? ¿Acaso tienes a alguien?”
“A nadie”, le digo sinceramente. Absolutamente a nadie.
Vuelve a tumbarse, apoyando sus pechos en mi costado. La palma de mi mano le acaricia suavemente la espalda.
“Pues eso. Cuando estoy contigo, hay veces que el aire se hace muy liviano, como en la luna.”
“El aire de la luna no es liviano”, le apunto. “En la superficie de la luna no hay absolutamente nada de aire. Por eso…”
“Es liviano”, susurra ella. No sé si ha ignorado mis palabras o si no las ha oído en absoluto. Pero oirla hablar en voz baja me pone nervioso. No sé por qué, pero hay algo en su susurro que me inquieta. “Increíblemente liviano, a veces. Es como si tu y yo respiráramos aires totalmente distintos. Lo sé.”
“Faltan datos”, le digo.
“¿Quieres decir que no sé nada sobre ti?”
“Tampoco yo sé demasiado de mí mismo”, contesto. “Lo digo en serio, no es que trate de filosofar. Es más real que todo eso. Faltan datos así, en general.”
“Pues ya eres mayorcito. ¿Qué edad tienes? ¿Treinta y tres?” Ella tiene veintiséis.
“Treinta y cuatro”, la corrijo. “Treinta y cuatro años y dos meses.”
Ella mueve la cabeza. Luego se levanta de la cama, se acerca a la ventana y abre la cortina. Se ha puesto mi pijama.
“Vuélvete a la luna”, me dice mientras la señala con el dedo.
“¿No hace frío?”, le pregunto.
“¿Quieres decir en la luna?”
“No, estoy hablando de ti”, contesto. Estamos en Febrero. Junto a la ventana, su respiración se ha vuelto blanca, pero sólo al oir mis palabras parece tomar consciencia de ello.
Se apresura a volver a la cama. La abrazo, y noto el frío del pijama. Aprieta su nariz contra mi cuello. Está helada. “Te quiero”, me dice.
Quiero decir algo, pero no me salen las palabras. Ella me gusta mucho. El tiempo se pasa volando cuando estamos los dos así, en la cama. Me gusta dar calor a su cuerpo y acariciar su pelo. Escuchar el leve sonido de su respiración al dormir, llevarla al trabajo por la mañana, recibir la factura de teléfono que ella ha calculado (o eso quiero creer), verla con mi pijama puesto, que le queda grande. Pero no puedo expresarlo con palabras cuando llega el momento. No estoy enamorado de ella, pero tampoco vale decir simplemente que me gusta.
¿Qué se supone que debo decir?
El caso es que no soy capaz de decir nada. No se me aparecen las palabras necesarias. Sé que mi silencio la hiere. Ella no quiere que me dé cuenta, pero lo siento. Lo siento mientras acaricio la suave piel de su espalda sobre la espina dorsal. Muy claramente. Nos abrazamos en silencio durante unos instantes, escuchando una canción de título desconocido. Su mano está apoyada en mi vientre.
“Cásate con una mujer de la luna y crea con ella una estupenda familia de lunáticos”, me dice con dulzura. “Es lo mejor que puedes hacer.”
Sin dejar de abrazarla, observo la luna por encima de su hombro, a través de la ventana abierta. De vez en cuando atraviesan la autopista enormes camiones cargados de algo muy pesado y levantando un estruendo lleno de malos presagios, como un iceberg que comienza a derrumbarse. Me pregunto cuál será su carga.
“¿Qué tienes para desayunar?”, me pregunta.
“Nada fuera de lo normal. Lo de siempre. Jamón, huevos, tostadas, la ensalada de patata que me hice ayer, y café. Si quieres, te lo preparo con leche caliente”, contesto.
“Estupendo”, me dice con una sonrisa. “¿Por qué no preparas unos huevos con jamón, y me sirves el café con tostadas?”
“No hay problema”, le aseguro.
“¿Sabes qué es lo que más me gusta del mundo?”
“Francamente, no tengo ni idea.”
“Lo que más me gusta”, me dice mirándome a los ojos, “es estar en la cama una fría mañana de invierno, sin ninguna gana de levantarme. Y entonces oler el aroma del café, y oir el sonido de los huevos con jamón al freírse, y el crujir de las tostadas cuando las cortan, y saltar de la cama sin poderme contener.”
“Pues vamos a verlo”, le digo riendo.
No soy un tipo raro.
Eso creo, de verdad.
No voy a decir que sea el prototipo de la persona corriente, pero no soy raro. A mi manera, soy un ser humano absolutamente normal. Soy, necesariamente, todo lo normal que se pueda ser. Y esto es tan obvio, que lo que piensen los demás no me procupa lo más mínimo. No es mi problema; en todo caso, será su problema.
Hay quienes me tienen por más imbécil de lo que soy. Otros, en cambio, me creen excesivamente calculador. Pero eso me da igual. Además, ese “más de lo que soy” es sólo una forma de expresar una comparación con la imagen que tengo de mí mismo. Los demás me pueden ver imbécil o calculador, pero ése es un problema que no me preocupa. No hay malentendidos en el mundo, sólo diferentes formas de pensar. Y esta es mi forma de pensar.
Pero también hay personas que pueden extraer la normalidad que hay en mí. Son muy escasas, pero existen. Ellas y yo nos atraemos mutuamente de una forma completamente natural, como dos planetas flotando en el espacio oscuro del universo, y luego nos separamos. Aparecen en mi vida, se relacionan conmigo, y un buen día desaparecen. Son mis amigos, mis amantes, mi esposa incluso. A veces acabamos enfrentados. Pero siempre, en todos los casos, acaban yéndose. Se rinden, o pierden las esperanzas, o caen en el silencio (no sale nada del grifo, por muchas vueltas que le den), y finalmente desaparecen. Tengo una habitación con dos puertas. Una de entrada, otra de salida. Las dos no son compatibles. No se puede salir por la entrada, ni entrar por la salida. Esas son las reglas. La gente entra por la entrada, y sale por la salida. Hay muchas formas de entrar y muchas formas de salir. Pero lo que no cambia es que todos acaban saliendo. Unos se fueron en busca de nuevas posibilidades, otros por ahorrar tiempo. Otros murieron. No ha quedado nadie. No hay nadie en la habitación, sólo yo. Tengo siempre muy presente su ausencia. La de quienes se fueron. Las palabras que dijeron, los alientos que exhalaron, las canciones que tararearon… Todo lo veo flotando como un polvillo por las esquinas de la habitación.
Probablemente, la imagen que ellos vieron de mí se acercaba bastante a la realidad. Por eso se me aproximaron, y por eso también se fueron. Ellos reconocieron la normalidad que hay en mí, y mis sinceros esfuerzos por conservarla. Me hablaron y me abrieron su corazón. Casi todos se portaron bien conmigo. Pero no había nada que yo pudiera darles, y si algo les di no fue suficiente. Siempre me esforcé por darles todo lo posible. Hice todo lo que pude. Y también buscaba algo en ellos. Pero al final no resultó. Y se fueron.
Es duro, por supuesto.
Pero más duro aún es el hecho de que salieran de la habitación mucho más tristes que cuando entraron. Salían con una parte de sí mismos erosionada. Yo me daba cuenta de ello. Es curioso, pero ellos parecían estar mucho más erosionados que yo. ¿Por qué será? ¿Por qué siempre quedo yo? ¿Y por qué queda siempre en mis manos la sombra de alguien erosionado? ¿Por qué? No lo sé.
Faltan datos.
Por eso nunca obtengo la solución.
Hay algo que falta.
Un día, al volver de una reunión de trabajo, encontré una postal en el buzón. Era una foto de un astronauta caminando por la superficie de la luna. No había remite, pero al primer vistazo supe quién me la enviaba.
“Será mejor que no volvamos a vernos”, había escrito. “Pronto me casaré con un terrícola.”
Escuché el sonido de la puerta al cerrarse.
Datos insuficientes. No hay solución. Pulse Borrar.
Pantalla en blanco.
Me pregunto cuánto tiempo más van a continuar así las cosas. Tengo ya treinta y cuatro años. ¿Hasta cuándo?
No estaba triste. Al fin y al cabo, estaba claro que yo era el único responsable. Era natural que ella se alejara de mí, y lo sabía desde el principio. Los dos lo sabíamos. Pero perseguíamos un modesto milagro, una oportunidad de cambiar las cosas en lo fundamental. Pero esa oportunidad no se presentó, claro. Y ella salió. Cuando se fue me sentí solo, pero era una soledad que ya había experimentado antes. Sabía que acabaría superándola.
Ya estoy acostumbrado.
Pensar estas cosas me hace sentir mal. Siento surgir en mis entrañas un líquido negro que pugna por subir hasta la garganta. Me pongo delante del espejo del cuarto de baño. Este soy yo. Sí, ése eres tú. También tú estás gastado, mucho más de lo que crees. Me veo la cara más sucia y envejecida que nunca. Me lavo la cara meticulosamente con jabón, y me doy una friegas con la loción. Luego me lavo las manos, y me seco bien con una toalla nueva. Voy a la cocina y ordeno los contenidos del frigorífico mientras bebo una lata de cerveza. Tiro los tomates echados a perder, alineo las cervezas, cambio de sitio las fiambreras, hago la lista de la compra.
Al amanecer estoy solo, y mientras miro distraídamente la luna me pregunto hasta cuándo seguirá esto. Seguramente encontraré a otra mujer dentro de poco. Y nos atraeremos de forma natural, como dos planetas. Y esperaremos inútilmente un milagro, malgastando el tiempo, erosionando nuestros corazones. Hasta que nos separemos.
¿Hasta cuándo?
Haruki Murakami

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A tu laito

Que paranoia Paco. ¿Lo haces adrede o es cosa de mi mente?
Hacía tiempo que no oía esta canción, porque lo decidí así, porque sentía que escuchándola estaba siendo masoquista pero… ultimamente cuando oigo la radio en momentos de mucha tristeza, te me apareces con ella. ¿Esto es casualidad o es lo que yo quiero que sea?
No sabes, bueno si lo sabrás, cuanto me alegras con ella, cuanta energía me das y cuantas ganas de vivir en esos momentos. Me empiezan a venir recuerdos tan felices a tu lado, tu risa y tus consejos que, me doy cuenta de todo lo bueno que tengo y la tristeza se me va. Y de repente sólo veo soles adonde hubo oscuridad…. 
Lo haces adrede? Por que si es así gracias.
Ayer discutí con mamá y lloré, pero entonces cuando iba conduciendo las lágrimas se fueron, te las llevastes tú, como siempre. Y gracias porque sigo sintiendo tu fuerza y la Luna está contenta. Ayy que te quiero…
Akuna-matata

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Laura Pausini

 
Se que soy pesada con el mismo tema siempre, la neurosis tan grande que hay con mi madre no sé por qué la tengo.
Ojala pudiera hablar con ella, hace tanto que lo deseo, tal vez esto haría que yo mejorara.
Hoy me apetece estar sola, no salir esta noche por ahí de juerga, no me siento preparada para estar con la gente. Hoy solo hay una cosa en mi mente, desear su compañía,la de ella y la de nadie más.
Cuando yo tenía 14 años estaba harta de mi familia, ya había huido de casa de mis padres tres veces. Y aunque me llevaba mal con mamá yo le contaba bastante de mis vivencias de la calle y la escuela, hasta que con esta edad todo cambió del todo.
Yo me empecé a perder porque me enamoré de un hombre que al final me rechazó, llevándose lo más valioso que yo podía tener para mis padres. Había cosas que a una madre no se le podía contar, así que empecé a callar y a llorar continuamente, era mi primer amor.
Y ella supongo que hechaba de menos mis charlas, mis preguntas sobre la vida. Y no hizo otra cosa que leer mi diario estando yo ausente para saber lo que me estaba pasando. No me dijo nada, pero esa semana fue horrible, por todo me reñía. Hasta que se me cruzaron los cables y un día nos pegamos mutuamente, creo que nunca me maldijo más que ese día.
Yo me arrepentí enormemente, y a pesar del daño que ella también me podía haber hecho a mí con sus palabras, le pedí perdón mil veces y le dije que eso nunca me lo perdonaría. Ella no se bajó del burro y estuvo un tiempo sin hablarme lo más mínimo, creo que también nunca he llorado más que en esos días por su indifirencia. Yo creo que la primera depresión que tuve fue por aquel entonces, si a veces miraba para los lados y todo lo sentía extraño, a esa edad me pasó más que nunca.
Para que me perdonara ponía esta canción fuerte para que ella la escuchara, la cocina estaba al lado de de mi habitación. Pero nada. La única forma que tuve de comunicarme con ella era por medio de mis canciones y cartas debajo de su almohada, para verlas después en la basura como si nada.
El tiempo fue el que hizo que todo mejorara o minimamente algo. Un día decidí pasar de mi madre y me volví rebelde por eso ahora tengo miedo de volver a pasar de ella y volver a perderme. Es tan extraña esta situación. Me siento mal. Quisiera no hablar más de este tema, me doy vergüenza.

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Hoy estoy fatal. Los miedos y remordimientos recorren una vez más mi cuerpo, llevan agarrándome desde la mañana de ayer.
Esta tarde le dije a mi médica que me odio ( por mis adentros la maldije a ella también, lleva más de un año medicándome, diciendo que confie en ella y yo me siento como un experimento, que ahora me hace depender de esas pastillas.
Mi cabeza duele hoy, le cuesta pensar y a mi cuerpo le cuesta andar. Qué difícil es decir lo que pienso cuando son sentimientos, tantos y tan solos….
Todo empezó ayer cuando me fui a trabajar y no ví mi coche aparcado donde lo dejé, multa y grúa una vez más. Y ya me empezaron a venir los pensamientos negativos hacia mi misma. Encima la abuelita mala y yo sin ir a verla. 
Ayer me escondí del mundo una vez más, era incapaz de mirar a los ojos de la gente y no me levanté de la cama hasta que los amigos se fueron de casa de mi mayor alegría. Ni siquiera el porro me evadía de mi misma.
Tantas ganas de llorar, un lloro como cuando era pequeña que necesitaba a mi madre a mi vera y no la tenía. Y ayer tampoco.

Quise escribirle una carta, pero la dejé a medias porque creí que la estaba idolatrando demasiado. Necesito tanto que me abrace, hace tanto y tanto, un abrazo de mamá, de mamá osa, que me puede proteger con tan solo tener sus brazos en mi, con tan solo reir conmigo. Mi papá, también lo hecho de menos y a mi hermano, él y yo seguimos sin hablarnos; a veces nuestras miradas se cruzan, pero creo que él no siente nada, o nada de lo que yo pueda sentir en esos momentos de abrazarlo; ojala pudiera decirle que le quiero. ¿Ellos no necesitan un te quiero de los que lo quieren, para que el camino se les haga más fácil, que se sientan acompañados? No ellos no, soy yo la que necesito eso.

Hoy llevo todo el día como quien dice durmiendo, este miedo no se va y ahora indefensa y harta, harta de ser como soy, harta de cometer tantos fallos que me han hecho ser lo que soy, que me han hecho estar sola, sin familia, sin mis mejores amigos, por mi cobardía y Mierda…
De pequeña cuando estaba triste me metía en la cama para llamar la atención de mamá, pero nunca venía, siempre estaba limpiando, o haciendo de comer, o estudiando, o cuidando de mi hermano, o diciéndole cariñitos a mi padre…. hoy sigo haciendo lo mismo pero encima soy carajota porque si antes no venía, ahora que vivo sola menos. Y hay tantos quebraderos de familia, que ¿cómo le digo que la quiero y que la necesito?
Quiero huir de todo, hasta de mi mayor alegría, porque estando tan triste como me siento, iba a ir a hacer sus cosas sin más. Nadie me comprende, pero ¿cómo le digo a alguien que igual que necesita que le ayude en su trabajo, yo necesito que me ayude en mis ánimos? pero para qué? para después depender de alguien más? Tengo que aprender a hacer las cosas sola, sin huir…..como hace todo el mundo. Cuando iba esta mañana en el coche, deseaba llegar a casa para desahogarme aquí, que nadie me entiende, pero tal vez no sea la única, que puede haber alguien en Internet, por este mundo, alguien que pueda comprender, sentir este desasosiego que yo siento y ojala esa persona no se sintiese solo, porque llevar este peso, o estas fobias a veces duelen y pesan igual o más que el no tener dinero, el no tener casa, el no tener un trabajo. Es tan difícil llevar una misma los fantasmas.
Ya son las cinco y media voy a ir a la farmacia.

 

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Somos luz, rec

Hoy estoy pletórica. Aparte que me digo continuamente que todo va bien y que me esté tranquila (ultimamente me creo más que nunca que todo está en la cabeza) también puede ser que esté contenta gracias al sueño de anoche.
Como no podía quedarme dormida me puse una película en el ordenador, REC. Una película la verdad muy flipante. 10 minutos antes de que terminara la tuve que quitar, no podía seguir viendo muertes y oir chillidos. Y pensé varias veces mientras la veía que esta noche soñaría con cosas malas. Si es que todo está en la cabezaaaa…. porque efectivamente soñe cosita mala, soñé que me querían matar continuamente y yo corría y corría, hombres con sangre por todos lados.
Pues a media madrugada me desperté, pero más bien porque me meaba, y meando con ojos cerrados y luz apagada, me acordé de lo que acababa de soñar, pero bien claro, no como ahora. Pues me sentí más bien de estar viva y de que fuera solo una pesadilla. Y hoy cuando estaba desayunando en casa antes de ir a trabajar, me volví acordar, y sentí una sensación tan placentera de estar viva, que me ha ayudado a equilibrar la serotonina, porque llevo dos días sin tomarme los antidepresivos, no porque quiera sino porque se me olvidó ir al médico. Si es queeee, así que si hoy o mañana o pasado si me siento mal, sabré que es por las pastis. Ya se que no se debe de hacer esto, pero bueno…. espero que sí, que todo esté en la cabeza.
 

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Tengo que por tener tengo hasta una mochila toa negra, con pintitas amarillas.
Pues el otro día iba por un monte cuando ella se me cayó, mal hecho pobrecita, llevaba una fiambrera con tortilla de cebolla y no vea como volaron las moscas cojoneras por encima de ella. Desde entonces es que anda negra porque antes era color caqui. Hay un sin fin de cosas con colores, verdad?; por eso a mí no me importa que ella esté así porque si no fuera negra sería blanca, o verde, o roja, azul, o color plata ¡cómo mi anillo antiestrés!, daría igual. O quién sabe, ¿no?
A otra cosa mariposa.
Siento decirlo pero ayer me caí, sí, me caí al suelo. Estaba en mi jornada de trabajo, bueno desayunando, cuando me dirigí a la puerta y cuando salí, po en ese mismo momento de retirada del bar con gente a punta pala yo no se cómo levanté el pie que, zas, Tamara al suelo!! Cuando me equilibré con ayuda del “pobre ciego” así lo llaman en el muelle al de la once, siempre está en ese bar bebiendo jarras de cerveza; pues eso vi estrellas por todos lados. Fue una caída de rodilla, caída al rodillazo podría llamarse. 
Po como Chiquito de la Calzada me fuí yo de ahí,  ¡¡Qué vergüenza por dios!! me vio tó kiski. Pero vamos lo mínimo que podía hacer ya, era reirme con ellos no? sí con los pescaderos del Muelle de Cádiz.
¿?¿?
¡Uy! nunca pensé que lo diría con orgullo.

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