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Archive for the ‘Relatos’ Category

Yo estoy muy bien ultimamente, desde que me bajaron la medicación, no sé, estoy bien con el litio. Pero ahora, yo, recuerdo, por qué salgo tan poco. Porque cuando salgo la lio, me encanta hacer locuras, me encanta el riesgo, la velocidad no.

Y bueno, ayer, salí y conocí a un chico, qué….

No sé, es verdad que la edad te da grados de experiencia. Pero es curioso que ahora que tengo 31 años, esté descubriendo cosas nuevas en mí.

Nos conocimos, cenamos juntos, y no pudimos. Terminamos en un hotel.

Ya sé que no está bien llevarte a la cama la primera noche a un chico. Pero es que, pffffff. Será la lívido? La bajada de medicación? O seré yo?

Las mujeres somos privilegiadas con el cuerpo que tenemos… tenemos millones de zonas tan sensibles como el alma. Y podemos sentir diferentes clases de placer en un sólo momento.

El chico la verdad es que me sorprendió bastante como actuaba, y lo que me gustó es que era como yo, la verdad que nos pareciamos en algunas cosas y nos dimos cariño, mucho, muchísimo, hicimos el amor. Una, dos, tres…perdí la cuenta.

Me llevó al éxtasis, me hizo algo que nunca antes yo había sido capaz de hacer, pensando que me podría orinar, y ayer él me explicó, me enseñó, me hizo, me ayudó tanto a dejarme llevar, que descubrí junto a él el squirt, el chorro del placer.

Flipé, llegué a la luna, y cuando la miré me sentí como ella, llena, pero no sólo una vez, sino muchas.

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Ella tenía 30 años cuando lo conoció un 14 de Febrero del 2013. Sólo con hablar con él y mirarlo supo, que calaría hondo en ella.
Empezaron los días que te levantas y lo primero que haces es mirar el móvil. Y cuando te acuestas sigue siendo tu confidente el móvil.
En la distancia comenzó una historia de amor. Los separaba 170 km y cada día más se necesitaban.
Hablaron de vivir juntos, y un día él lo dejó todo y se fue a vivir junto a ella.
Pero esta chica que no estaba bien de la cabeza no supo valorar aquello. Ella volvía a consumir hachís, y parecía que sólo le importaba aquello.
En mientras él sufría en silencio. Y cuando ella fue a pedirle perdón, él ya no estaba.
Fue ingresado en la cárcel por una tontería que hizo cuando adolescente. Pero así es de puñetera esta justicia.
Eso hace ya 8 meses.
Ayer ella le envió una carta, y al fin pudo pedirle perdón, aunque entre lágrimas, de lo que pudo ser y no fue.

Ella por supuesto soy yo, Aterciopelada.

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-Estoy cansada de chillar.

Cansada de chillar y que nadie te escuche sin que piense: Esta está loca.

Le chillas a tu familia, al gato, al televisor, al del coche que se te atraviesa, a la vecina que no recoge las cacas de sus animales, al del bar por no recoger los vasos sucios, al que aparca donde caben dos coches, grrrrrrrrrrr… chillar, chillar, chillar, que fácil es chillar y que malo es para la salud.

Y esta “loca” que escribe, con 47 años ya, abandonada por su marido, por sus hijos, por sus amigos y sobre todo abandonada por si misma….ESTÁ HARTA DE CHILLAR.

Es difícil levantarse de la cama, cuando nadie en el mundo te acompaña ya.

¿Mala de los nervios? Eso dicen. Es tan fácil decirlo y tan difícil entenderlo.

Y te ahogas, te ahogas, te ahogas, y chillas, chillas, chillas.

Entras en trance, te sale fuego por la boca, por supuesto todo lo quemas, y sigues chillando hasta quedarte afónica, pero sigues, sigues. Porque en el fondo es tu única manera que queda de protegerte. Y te duele la cabeza, la garganta, los muslos de golpeártelos, los nudillos de la mano al hablar con la pared. Y la cara, tu cara desencajada, los ojos, tus ojos como platos, y lágrimas, lágrimas que caen como una tormenta que te coge de improviso y te moja toda, al descubierto, quedándote al descubierto, y lo único que queda entre tanto caos, es un corazón lastimado, tu corazón que ya no quiere sentir, para no chillar.

Cansada de chillar, de chillar mucho. De que toda esa rabia que creció en ti sin saberlo, haya hecho que mande en tu vida y que consiga que estés sola, sola contigo misma, tu peor enemiga, y vuelves a chillar, a chillar pero ya estás sola. Ya todo el mundo se cansó de ti, hasta tú misma.

Y chillas, chillas, chillas sola, pensando que el Nembutal es la única solución que ya sólo te queda.

Corres, corres….

Mientras te lo bebes no sabes si morirás, pero lo que sabes y sientes es que ya no puedes chillar, pero tampoco hablar, ni susurrar, ni pedir ayuda, ni nada.

Adiós.

(Aterciopelada)

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Anoche mientras no podía dormir, cogí mi vieja carpeta que no se puede cerrar de tantos papeles que tiene.

Es curioso, muy curioso, los años también pasan por esos papeles, tienen un olor indiscutible que huele a viejo. Papeles que ya no son blancos, son amarillos porque como he dicho antes, el tiempo también pasa por ellos.

Papeles que tienen casi mi misma edad, dibujos, relatos, penas, alegrías y cartas, muchas cartas de personas que han pasado por mi vida.

Hacía muchísimo que no cogía esta carpeta, ayer después de casi 5 años sin abrirla, mis recuerdos se volvieron a encender más que nunca. Alguna lágrima se me saltó, ya sabeis la nostalgia a veces es traicionera. Pero bueno, ya no me quita las ganas de vivir.

Como os iba diciendo anoche con mi carpeta abierta, encontré unos parrafos de un libro que leí allá por el año 2000 y que me escribí en un papel blanco, amarillo hoy en día y con olor a viejo. Lo quiero compartir con ustedes. Este libro me enseñó mucho, muchísimo, digamos que me enseñó a volver a soñar. Vivía en aquel entonces en Madrid con 18 añitos, estaba malita de la cabeza, aun no sabía que tenía un trastorno mental. A menudo estaba triste sin saber por qué, y un día abatida de la vida fuí a la biblioteca. Buscando encontré: El hombre que se enamoró de la luna. Y sin pensarlo lo cogí y alquilé. Algo me decía que ese libro cambiaría bastante en mi. Porque la luna siempre ha influido muchísimo en mis días, sobre todo cuando más llena está.

Bueno allá va, espero que os gusten las frases que voy a copiar y que os haga pensar como a mi me hicieron pensar en su día y ahora de nuevo también.

-Siempre he dicho que primero haces que la historia suceda en tu cabeza y luego, antes o después, el mundo la hace realidad.

-Existen todo tipo de cuentos sobre los eclipses. Se dice que cuando la luna se oscurece (durante esos minutos en los que la luna está completamente oscurecida) los hombres pueden convertirse en mujeres, y las mujeres en hombres. También he oido que los amantes que están jodiendo pueden atravezar los límites y pasar a ser el otro.

-Los indios berdajes de los viejos tiempos dicen que el conocimiento puede comprenderse durante el oscurecimiento de la luna; que puedes enfrentarte a quien eres y a quien crees ser. Y mucha gente no soporta descubrir que son quienes creen ser, y acaban completamente locos.

-He oido decir que puedes hablarle a tu sombra, y que tu sombra te contesta….el eclipse de luna es una sombra: la tierra se interpone entre el sol y la luna, y lo que oscurece la luna es la sombra de la tierra. El sol (que es la fuente de luz) es bloqueado por la tierra (que es el lugar en el que todos pensamos que somos quienes somos) y el pensamiento de ser quienes somos, la sombra de la tierra se proyecta sobre la luna (que es nuestro yo secreto) y el secreto es que no somos quienes creemos ser.

-Las cosas son sueños, cuando no están delante de nuestros ojos. Lo que se encuentra delante de nuestros ojos ahora, aquello que puedes alcanzar y tocar ahora, pasará a ser un sueño.

-Lo único que evita que el viento se nos lleve son nuestras historias. Ellas nos dan un nombre y nos colocan en un lugar, permitiéndonos seguir tocando.

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Decisiones.

De Gilda Santana

Lo suyo fue un flechazo. Cuando se conocieron ella tenía 23 años. Él unos cuantos más. Ella había oído hablar de él pero no imaginaba tanta belleza y tanta inteligencia juntas. Fue en un encuentro literario que duraría cuatro días y en el que había unos ochenta asistentes. Después de la primera noche, cuando se vieron por primera vez, ya no hubo nadie más. A la vuelta a la vida real ya estaba todo decidido: cada uno terminaría su historia anterior. No podían escapar de ese sentimiento. Entonces ella no le dio importancia a sus miradas inquisidoras ni a la frase que él le había dicho la noche anterior: mi problema son los celos, le dijo, pero si tú no das motivos, todo irá bien.

Lo primero fue la ropa. Cada escote y cada largo de falda fueron sometidos a evaluación. Lo mismo que las piezas ceñidas. Es que no puedo estar contigo si hay un hombre mirándote, decía. Ella fue haciendo concesiones y se pasó a las faldas largas y los blusones recatados bajo el sol del Caribe. Estaba enamorada, los dos lo habían dejado todo y, tal y como afirmaba él, lo otro eran tonterías comparadas con su amor. Por cierto ¿por qué se maquillaba? Las mujeres se maquillan para llamar la atención. ¿O es que quieres que otros hombres te miren? Si necesitas sentirte mirada y deseada, no serías la mujer de la que yo me enamoré. Porque tú estás por encima de todas esas cosas ¿no? ¿Es que tanto te cuesta complacerme? Da igual si te conocí así. ¿No puedes entender que me haces daño? Será que no te importo. Y ella, después de discutir un poco, terminaba cediendo. Que tampoco era plan estropear una historia de amor.

Después vinieron los abrazos. Él podía aceptar que ella trabajara en el mundo del teatro donde la gente suele ser muy expresiva en sus afectos, pero no veía por qué había que abrazar a nadie. Cuando un hombre te abraza es para meterte mano. No hay más. Los hombres siempre pensamos en lo mismo. No quiero que ningún hombre se equivoque contigo. ¿Has visto que yo abrace a alguna amiga? Pues no lo hago por respeto a ti. A ella le dio reparo contestarle que él no tenía ni un solo amigo, ni hombre ni mujer. Era un hombre admirado, envidiado y temido, pero querido no. Pero ella no quería verlo sufrir, así que tomó distancia en los saludos y empezó a dejar de ir a todo lo que significara roce social. Se escabullía de los estrenos agarrada de su mano antes de que saliera todo el mundo, no se quedaba a los saraos, no recibía gente en casa. La gente se te acerca para perder el tiempo y hablar de tonterías. Mejor estás leyendo un libro. Cuando pasen los años estarás fea y gorda y lo único que valdrá es tu talento. Cultívate y olvídate de los otros. Ya me tienes a mí. ¿No te das cuenta que esos que dicen ser tus amigos nos envidian porque somos una pareja perfecta? El único problema que tenemos es que yo necesito sentirme seguro y está en tus manos no dejar ni una grieta por donde entre la duda. Tú decides, pero si esto se acaba la culpa la habrás tenido tú.

Aunque le costaba, porque era de naturaleza amigable, empezó a quedarse sola. Las amigas también eran el enemigo. Todas querían separarlos, según él. Esta o aquella se le habían insinuado y él las había rechazado. Y si tú no lo entiendes es porque no te importo. Si me quisieras andarías al tanto, te cuidarías de no hacerme daño, vivirías pendiente de mí. Un día no lo voy a soportar. Sé que no voy a soportarlo y te voy a dejar porque no puedo vivir con esto. Tampoco es tan difícil entenderme. Lo hago por tu bien. ¿O acaso no te basta con lo nuestro? Si no te basta con lo que yo te doy, dímelo. Reconócelo y ya. Te vas a quedar sola. Y ningún hombre con dos dedos de frente se va a acercar a ti. Si soy así es porque me importas. Nadie te va a querer como te quiero yo.

Intentar complacerlo era inútil. Siempre tenía algo que objetar. Si se subían al autobús y ella separaba la vista de él por un momento, su cara se descomponía. ¿Lo conoces? ¿A quién? Al tipo de la camisa roja. ¿De qué hablas? Del tipo al que estabas mirando. No estaba mirando a nadie, me quedé un momento pensando. ¿Y para pensar necesitas mirar a un hombre? Que no estaba mirando a nadie. Mira, si me vas a mentir hasta aquí hemos llegado. Y se bajaba y la dejaba allí mientras la gente les miraba sin entender la discusión. Un par de horas más tarde la llamaba. Necesitaba hablar con ella. Que entendiera que él no era capaz de vivir así. Y que ella era la culpable de sus dudas y sus celos y eso, estaba muy claro, significaba que para ella no valía la pena la relación. Aunque ella enumeraba las concesiones que había hecho, según sus cuentas él siempre había hecho más. Estaba con ella cuando podía estar escribiendo y ganándose un premio. No quería perderla porque la amaba, aunque ella se empeñara en estropear cada momento que compartían, porque no era capaz de ponerse en su piel y adelantarse y evitar lo que a él le podía molestar. Después de un par de horas de lágrimas, abrazos y promesas, ella volvía a su casa y sus silencios, completamente segura de haber hecho bien en transigir.

Luego empezaron las otras objeciones. No hacía falta que se inscribiera al Máster ni siguiera asistiendo a las clases de último de inglés. Era una pérdida de tiempo. La gente va a esas cosas más por las relaciones sociales que por aprender. Quedarse en casa y estudiar era lo que tenía que hacer. Que se fijara en él, que era autodidacta y eso no había impedido que en su especialidad fuera el mejor. Que entendiera que iba a sacrificar su amor por un capricho. Él no podía dedicarle mucho tiempo, pero necesitaba que, cuando lo hiciera, ella estuviera disponible para él. Si insistía en pasar esas horas en clases estaría claro que, para ella, él nunca había importado y cualquier cosa era más valiosa que su relación.

Entonces llegó el viaje. Llevaban ya dos años. Parecían muchos más, porque ella había dejado las lentillas por las gafas, se vestía como alguien de mucha más edad y se había puesto quince kilos encima. A él le parecía muy bien. Eso no es relevante, le decía. Igual iba a llegar con los años. Lo importante es que estás empezando a descubrir la diferencia entre lo que es bueno para ti y lo que no. Nunca le preguntó por la tristeza que había en sus ojos ni pareció notar su rictus de resignación. Ella había ido aprendiendo, adivinando, adelantándose. Las discusiones se hicieron más distantes, aunque más crueles. De los lloros y las estampidas había pasado a las palabras más hirientes y a las sacudidas. Es que era tonta, tonta, tonta, si no entedía que la culpa era suya, que él no quería que estuvieran mal. Ella creía que era injusto, pero no se sentía maltratada. Solo le daba pena. A fin de cuentas si él sufría era porque ella lo hacía sufrir. Y cuando le tiraba de una mano o le agarraba por los brazos para hacerle un reproche, ella solo temía que aquella discusión fuera el final de dos años de amor.

Ahora él tenía que marcharse. No sabía si la podría llamar. En todo caso iba a intentarlo. Cualquier día y a cualquier hora. En cuanto pudiera. Así que lo mejor sería que estuviera atenta. Si llamaba desde Europa y se encontraba el número ocupado no podría evitar pensar en muchas cosas. Y no quería distraerse en un viaje que significaba tanto para su vida profesional. Ella le prometió que esperaría esa llamada. Ya se había acostumbrado a no hablar mucho por teléfono. Cuando él llamaba y el teléfono comunicaba, la pelea estaba garantizada. ¿Con quién hablabas? Con mi director, tenía que hacerle una consulta sobre la obra en la que estamos trabajando. ¿Y necesitas 17 minutos para una consulta? ¿Te crees que yo soy tonto? Hace 17 minutos que empecé a llamarte. Nadie me garantiza que no llevaras media hora hablando ya. Cuando ella le juraba que no le mentía y le contaba punto por punto la conversación de trabajo, él pedía perdón. Él era así y ella ya lo sabía. La única manera de evitar esas broncas era no dar motivos ¿Tan complicado era de entender? Si no dejaba margen para la desconfianza y los recelos, todo iba a estar muy bien. Tampoco era demasiado pedir. A fin de cuentas nadie iba a quererla como él.

En los dos meses no llamó. Mandó una carta donde ponía que la echaba de menos y no podía dejar de pensar en lo que ella estaría haciendo. Ella no estaba haciendo nada. Seguía tranquila con la vida que él había configurado para ella. Los primeros días, por costumbre, deseó que sonara el teléfono y, al mismo tiempo, lo temió. No quería imaginarse una bronca Atlántico por medio, ni terminar llorando, ni irse a la cama tras una discusión sin reconciliación. A los pocos días empezó a alegrarse de que no la llamara. Se tomaba su tiempo para la charla con sus compañeros al final de la función. Alguna vez hasta salió del teatro y se fue al malecón, a sentarse de espaldas al mar como hacen todos los cubanos para ver a la gente pasar. Vio otro mundo donde había sonrisas, amores, palabras, ilusiones, y donde no debía pedir permiso para mirar hacia uno u otro lugar, y volvió a sentir la alegría olvidada de respirar en libertad.

Entonces llegó él. La llamó y quedaron para verse en un hotel. Mientras pensaba qué ropa se pondría, se dio cuenta de que por esta vez no ardía en ganas de encontrarse con él. Aunque le costara reconocerlo, en esos dos meses había sido una mujer más feliz. No tenía sus abrazos, ni sus risas ni sus conversaciones inteligentes, pero se le había ido ese dolor del pecho que muchas veces parecía cortarle la respiración. Ya llevaba dos meses sin llorar, sin sentirse culpable, sin que nadie utilizara sus palabras en su contra, sin que la sacudieran del brazo, sin gritos, sin chantajes, sin amenazas de terminar, sin miedo a la soledad. Se dio cuenta de que si alguien le hubiera dicho todo eso unos meses atrás, no lo habría creído. Estaba enamorada y no podía entender por qué la idea de verlo le provocaba más angustia que ilusión.

Llegó puntual a la cita. Él, como siempre, se hizo esperar. Ella quiso ir a la cafetería que estaba frente al mar. Le escuchó el largo monólogo de sus éxitos mientras lo contemplaba: seguía siendo el hombre hermoso, culto, inteligente y agudo del que se enamoró. Pero algo había cambiado. No subo, dijo ella cuando él se puso en pie. Lo vio descomponerse en aquel rictus que tanto conocía y agradeció estar en un sitio en que él no la pudiera zarandear. He descubierto que estoy mejor cuando no estás. Ah, y dos cosas: no hay otro ni ha hecho falta, y no me importa nada que nadie vuelva a quererme como tú. Es más, me da pavor. Y si me quedo sola, por mi no te preocupes, estaré bien.

Era un 15 de marzo y hacía frío en La Habana. Caminé por el malecón donde una ola gigantesca me untó de sal. Supe que las heridas que me escocían entonces terminarían por cicatrizar. Y me sentí muy leve a pesar de los kilos de más. Anoche, viendo la casa en la emisión de 24 horas, he vuelto a celebrar aquella decisión.

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‎”Al hombre, por no saber distinguir el Ego del Yo, se le enturbia el espíritu y se le disipa la energía, por lo que camina a trompicones por la vida, luchando con los efectos sin que su espíritu perciba las causas.

Si lo que tenemos, en lugar de proporcionarnos libertad, nos esclaviza, ¿para qué nos sirve? El que quiera ser libre debe preguntarse: ¿para qué vivo?, y ha de liberarse de ese condicionamiento fatídico que le viene dado por la herencia, el entorno y la sociedad, porque ‘el reino va por dentro”…

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Aquella amiga.

Hoy leyendo mis documentos, encontré un relato que me lo había dedicado un gran amigo. Gracias Joan.

Me ha hecho pensar mucho, y he sentido tanto tanto….Allá vá.

Aquella amiga, lloraba a lágrima viva junto al Anacoreta.

– He vuelto a caer. Mi vida es una derrota tras otra…Soy una fracasada.

Dejó el anciano que la mujer llorara. Cuando poco a poco las lágrimas se fueron calmando, le dijo:

– El fracaso sólo lo es si nos quedamos en él. Tras la tormenta siempre llega la calma. Ciertamente sentimos que no valemos nada, pero a partir de ahí, cualquier pequeño detalle ya es una victoria. Cada pequeño paso hacia adelante te ayudará a dar el siguiente y será motivo de felicidad.

La mujer añadió:

– Sí, pero volveré a caer…

La miró con ternura el anciano y prosiguió:

– Como todos. Ahí todos somos iguales. No creas que haya alguien que no falla nunca…Avanzamos en la vida en dientes de sierra. Subiendo y bajando. Cayendo y levantándonos. Lo que no hemos de hacer es darnos por vencidos y no volvernos a levantar.

tras una pequeña pausa, concluyó:

– Intenta vivir en un presente amplificado. Cuando hayas caído, intenta verte ya levantándote…Y sobre todo, mira las manos amigas, que a tu alrededor, se tienden hacia ti para que te agarres a ellas…

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